Se ha ido por la ventana nuestro calendario, no me había dado cuenta, el Amor llevaba vencido, días, meses, años...'
Los cantares parecen sonetos en este abrazo que dejo, cariños, libertades, cuenta nueva...camino sobre escombros, tatuada en temporales que no avisaron al alma aturdida de mis alientos.
Abrazaré la escarcha mientras se abra la puerta, cuantas llaves cuelgan del cerrojo, encarceladas siluetas veo mendigan entre nebulosas, algún recuerdo de lo que hay allá, de donde vengo, afuera...
Voy, vienen, me buscan, parecen decir todos, trato de atrapar razones que tienen la lógica cola de un banco, la máquina de ese café apurado, de la esquina el kiosko donde apuesto la portada del día, 'he visto chutear al hijo'.
De improviso las ventanas empañan este invierno acelerado, la lluvia y el teléfono mueren alcanzando la urbe que no cambia, el semáforo me recuerda: ¿cigarros? ¿libros? Nadie repara la hora que me lleva a apretar los dientes, presagiando un mundo, laberintos eternos, angustiada en consejos de otros que ya fueron,
anotan en mi mente palabras imágenes de un pasillo interminable.
Voy paso a paso, enfrentando el túnel de la muerte, ojos en las ventanas, zombies enjaulados, sin dios sin diablo parecen.
Un manojo de llaves me detiene, dos bancas recuerdan 'el otro lado' está aquí, cerca...
Una antesala escalofriante, un lapso entre paraíso o infierno. Tome asiento.
Ella tiene visitas,- me dicen.
Intento traspasar el umbral de este pasadizo inerte, mi corazón cae a pedazos, giran las llaves del carcelero, me vuelvo de plomo, ya no escucho la canción de los jilgueros, mis pasos se detienen frente a Ella,
caen en un diván gastado, maloliente, un abrazo sin palabras me deja en un sucucho donde puedo verla, donde la vigilan, se reservan el derecho que decida
Una sentencia en números, sin nombre, Ella. El hedor escapa por ventanas pequeñas, sin soltar las manos,
llega el insomnio que reparo mortecina en una cara que no dice nada.
La mujer del frente pide ayuda para soltar amarras, sus muñecas heridas me hablan de las alertas, de lo que tanto me dijeron afuera, pero que sin embargo, no es nada aquí, con Ella.
Una madre abre la boca de la hija, muere de pena, ilusión tiene en un gajo de naranja, la traiga de vuelta, la niña perdida me habla, me mira, adentro- me dice- agonizo aquí dentro.
Ojos miran la esperanza en ventanas empinadas, acaricio su pelo, y con algodón mojado revivo labios resecos, vuelan lágrimas en la sangre del vientre materno, en oídos que gasté afuera en miles de locos que vi antes de venir a verte, presidiario quedará el sueño de tu espalda, mañana recogeré los versos enlutados sobre tu faz.
El horario de visitas ha terminado...dicen'
* Jacqueline Lagos, poetisa, autora de Una Bruja Emplumada en el Tzolkin. Enero 2005
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