De paso por Santiago de Chile, tuve oportunidad de acercarme al palacio de La Moneda el 11 de septiembre pasado, en momentos en que unos pocos grupos de manifestantes llevaban ofrendas a la memoria de Salvador Allende. Por primera vez, en 36 años, se permitía que se llegara pacíficamente hasta la misma puerta [una lateral, que da hacia la calle Morandé], por la cual militares fascistas, comandados por Augusto Pinochet, interrumpieron la historia democrática de ese país, considerada entonces la más larga del continente. Fue una de las dictaduras más feroces de la historia latinoamericana, sostenida sobre el asesinato sistemático, la tortura masiva, la persecución de sus adversarios, incluso en otros países y el exilio de miles y miles de chilenos.
La ciudad estaba tensa y se advertía un mar de fondo. Los grupos de manifestantes, con sus banderas, coronas y consignas expresaban una notable tristeza, y llegaban ordenadamente hasta la puerta, rodeados de carabineros tensos y en traje de combate, dispuestos a intervenir, una vez más, y reprimir con la razón de la fuerza la voluntad de la memoria necesaria, el recordar a uno de los más destacados políticos de la historia latinoamericana, Salvador Allende, quien dio su vida antes de aceptar una ignominia que, en muchos sentidos, todavía está presente.
Durante el día, entre gente apurada por regresar a sus casas más temprano que de costumbre, sin visibles estudiantes con sus uniformes, negocios que cerraban anticipadamente, autobuses llenos de carabineros recorrían la ciudad. Se ha instaurado en Chile una tradición contestataria, precisamente ese día, que grupos de jóvenes, en particular en las barriadas populares, levanten su protesta expresando una insatisfacción acumulada ya por décadas. La Concertación de partidos en el Gobierno no ha hecho sino reforzar ese malestar con su indefinición política ante los temas de fondo dejados por la dictadura. La coalición, inicialmente opositora a Pinochet y a sus herederos políticos, si bien busca sobrevivir bajo las condiciones dejadas por el dictador, no logra conciliar el pasado con la historia reciente, y se ve arrastrada a continuar la represión que éste impusiera como su sello. Este año, se reconocieron 3 muertos en los disturbios del 11 de septiembre, muchos heridos, una escalada en el uso de armas de fuego, y al día siguiente, se reprimió una marcha de 3.000 personas que se dirigían al Cementerio General, organizada por los familiares de las victimas de la dictadura, causándose nuevamente la muerte y la represión de algunos de los manifestantes.
De todo esto, hablamos en esa capital con Rafael Kríes, economista y doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Kassel, en Alemania, quien fuera uno de los principales líderes de lo que se conoció, durante la Unidad Popular, como los Cordones Industriales, grupos de fábricas que fueron tomadas y dirigidas por sus propios obreros, para enfrentar el saboteo empresarial y de Estados Unidos en contra del gobierno. En la actualidad, este intelectual trabaja un ensayo sobre la situación económico-social internacional, sus condiciones y desarrollo, que ha titulado “La crisis perfecta”.
Alejandro Bruzual: Hoy, por la CNN Chile, se transmitió el discurso de Obama sobre el “otro” 11 de septiembre, lo que puede interpretarse como un voluntario desplazamiento y encubrimiento de las referencias y los afectos políticos de la fecha para los chilenos. Apenas mencionada a nivel internacional, la presidente Bachelet hizo una intrascendente conmemoración, la cual no da cuenta de los asesinos y torturadores que no han sido juzgados, ni de la corrupción de la familia Pinochet que parece seguir siendo intocable, mientras sigue creciendo una brecha entre ricos y pobres que se hace cada día más evidente en las calle de Santiago. ¿Cómo entender todo esto?
Rafael Kries: Para el pueblo chileno, este día es la constatación de una doble derrota. Por ello, es un momento de profundo dolor e ira que, desafortunadamente, se expresa aun sin organización. El golpe militar del 73 quebró un camino histórico de luchas sociales y sus justas aspiraciones, construidas durante décadas por nuestro pueblo así como por los partidos de izquierda, que fueron consolidándose lentamente hasta llegar con Allende a la presidencia de Chile. El golpe y la feroz represión subsiguiente no fueron simplemente una batalla más en el decurso histórico de este pueblo, sino que constituyeron el quiebre de un largo camino de acumulación de fuerzas, y de una marcha en pos de una estrategia que se encarnó en Salvador Allende. Esa lucha y ese camino recogían sucesivos hitos organizacionales, formas de hacer política y alianzas populares, cada vez más amplios, durante todo el siglo XX. Esa fecha nos obliga a repensar las perspectivas y formas que se requieren para plasmar una respuesta al capitalismo decadente en su versión chilena.
Por otra parte, es también un momento de constatación por parte de nuestra población de que un segmento de sus propios dirigentes políticos abandonó el cauce histórico de la lucha popular y sus banderas para asumir el propio proyecto de la tiranía pinochetista, vinculándose a un modelo de vida política superestructural, manipulador y corrupto, así como para defender el modelo económico que la dictadura impuso a través de la atomización de las organizaciones sociales y sindicales y el asesinato político.
Hoy, para este pueblo, el 11 de septiembre tiene pocos rasgos de reencuentro nacional, como tal vez la otra tragedia convoca en Estados Unidos. Por el contrario, en Chile es un momento de dolor, frustración y de ira para la población, que se expresa en forma atomizada por grupos juveniles, poblacionales y restos de los viejos grupos políticos de izquierda. El ritual que se cumple en el centro de la ciudad, alrededor de La Moneda, no es más que un intento de formalización de ese recuerdo, que, en realidad, no logra expresar la profunda inconformidad de la población más humilde, ni mucho menos logra darle sentido a una nueva ilusión o esperanza política. En cambio, en la noche de este día, como volvió a suceder este año, grupos dispersos de jóvenes de las barriadas populares, por lo general no militantes, se expresan en una protesta violenta, y a veces caótica, contra un sistema y una forma de hacer política que no les permite ser ciudadanos, y actualmente ni siquiera, a muchos de ellos, ser trabajadores.
Las fuerzas del gobierno de La Concertación, se conforman con una imagen adocenada de Allende que no se corresponde con la verdad histórica, sino que sirve para justificar su momentánea presencia en las instituciones del Estado, y de ahí que vean esta rebelión consuetudinaria de los 11 de septiembre como una suerte de terrorismo menor, una especie de mala costumbre que sólo hay que reprimir y controlar. Por su parte, los grupos remanentes de la vieja izquierda no logran canalizar ni entender ese malestar, ni mucho menos atraer a esos sectores descontentos como una nueva militancia.
AB: Por lo que dices, hay un abismo entre, digámoslo así, una anterior forma de hacer política en la izquierda, y un movimiento espontáneo que no encuentra forma definida de organización. ¿Qué podemos esperar políticamente de esos nuevos sectores?
RK: Desde la aparición del movimiento de “Los pingüinos” [los levantamientos, en años recientes, de estudiantes de secundaria en contra de la institucionalidad educativa dejada por Pinochet], el malestar manifiesto de los empleados públicos y trabajadores tercerizados del cobre, y la eclosión de la nación mapuche en defensa de sus derechos ancestrales [que vienen sufriendo feroces represiones y asesinatos constantes], es evidente que los partidos políticos viven aislados en la esfera de una institucionalidad dejada por la dictadura. Ante esa realidad, la población del país se ve forzada a luchar directamente por reivindicaciones sectoriales que no tienen espacio de negociación, con el aparato de Estado hoy en manos de la coalición centrista. Ninguno de estos grupos legítimamente descontentos se siente ni puede sentirse representado en la esfera de la política institucional, sea el gobierno o lo que se considera su oposición de derecha. En realidad, lo que existe en Chile es una crisis institucional en desarrollo que se hará plenamente manifiesta cuando la profundización de la crisis económica, con desempleo e inflación en aumento, se cruce con esta ausencia de diálogo real entre la vieja manera de hacer política y las necesidades reales y formas de conciencia de los grupos sociales descontentos, que los sectores mencionados sintomatizan. Es necesario urgentemente abrir espacios de definición de acuerdos básicos, para que no se arrastre a la población a defender sus derechos como algo privado, corporativo o caótico, sino que ésta logre involucrarse en un proyecto conjunto.
AB: ¿Cómo podemos entender este desarrollo bastante tortuoso de la izquierda chilena, que quizás pudiera denominarse hoy de “derrota en el poder”, con respecto a los procesos políticos recientes, si bien no uniformes y hasta en mucho contradictorios, pero con grandes bases sociales, que se vienen sucediendo en ya muchos de los otros países latinoamericanos?
RK: El proceso de globalización integró fuertemente la economía chilena a circuitos que rompían su tradicional insularidad, al menos hasta los sesenta. Sin embargo, no ha cambiado la mentalidad provinciana e insular de parte importante de su población. El fenómeno del bolivarianismo es todavía mirado en Chile como algo anecdótico. “Eso sólo sucede en el Caribe” se decía en el Chile de Allende respecto a los golpes militares. Esa mentalidad aun existente, a pesar del impacto provocado por el retorno de muchos exiliados, se refleja en el bajo apoyo logrado en esta coyuntura por el senador Alejandro Navarro, luchador social proveniente del Partido Socialista. No obstante, el desarrollo de la crisis económica y sus posibles soluciones parciales, en los próximos años, seguramente fortalecerán respuestas regionales y articulaciones continentales. Esto llevará a una disyuntiva: o el futuro de Chile se estructura sobre la represión interna y una posible asociación periférica y dependiente de la recuperación de los países centrales del sistema, o, por el contrario, un amplio arco de fuerzas buscará mejorar nuestras relaciones con los países vecinos, para enfrentar una crisis cuya magnitud muchos se niegan hoy a reconocer. Habrá que pensar en la inserción del país en la economía internacional que se avecina, en cuanto a que todo parece indicar que no estará controlada por el capital financiero. Latinoamérica pudiera volver a ser vista como el ámbito natural de consolidación de la autonomía chilena, incluso por amplios sectores de la oficialidad del Ejército, al modo en que lo hizo al inicio de los años 30.
AB: Pero, ¿será posible esta suerte de autoreferencialidad político-económica continental cuando vemos a la derecha reaccionar y moverse hacia una nueva dictadura en Honduras? Quizás, ante la misma crisis, se vuelva a evocar Chile como modelo latinoamericano que impone medidas económicas favorables a residuos neoliberales, aún presentes en esta economía, que ayuden la recuperación del centro del sistema, en un marco más electoral manipulado por la misma dictadura, basado en la represión sistemática y sus secuelas de miedo, la consecución de una autocensura fuertemente vigilada por el mismo ejército que dio el golpe de Estado. ¿Qué nos advierte la situación de Honduras?
RK: Ciertamente, el golpe de Estado en Honduras pudiera entenderse como un indicio hacia una posible atomización de los proyectos regionales, que vendría acompañada con represión, estancamiento económico y mayor control social. No obstante, esto no es un camino inevitable, ni mucho menos para todos los países, ya que hay notables diferencias en sus economías y en su actual situación social. Pudiera, incluso, sostenerse como previsible cierto desarrollo, con formas de participación política democráticas, en países en los cuales la industria es fuerte, como en Brasil, o en otros con alianzas sociales entre amplios sectores populares y un Estado no controlado por los grupos financieros, como es el caso de Venezuela, Bolivia y tal vez Ecuador. La actual evolución hacia la derecha del espectro político de Argentina puede ser preocupante en lo político, pero allí existe un potencial cultural, social y económico que buscará una salida propia en el mediano plazo. Si algo puede ser decisivo para el desarrollo de la democracia en América Latina es la evolución política e institucional de Argentina, tal como lo ha visto la CNN que, con sus permanentes ataques al actual gobierno de ese país, delata su estrategia para el continente. Chile ha determinado su contradictoria política exterior aparentando más independencia que autonomía, imagen en la que se expresaba la mala conciencia de la actual coalición, en ella todo cabe: correr a reconocer el golpista Carmona en Venezuela o participar en la normalización de Haití, convocar al autoconvocado UNASUR para evitar un conflicto inminente, o lamentarse por los derechos humanos en Cuba en el mismos período en que se reprime a los propios indígenas mapuches, sin desmedro de evitar comprometerse en los arrebatos de la política de Estados Unidos con Uribe o las provocaciones de Alan García. Chile es un país ausente del diálogo latinoamericano, sin embargo es imposible que no tome posición en el nuevo período. O dialoga y trabaja con sus pares y hermanos latinoamericanos, construyendo su democracia apoyada en espacios de concertación industrial y comercio con ellos, abandonando la actitud de creer que lo “envidian”, o se subordina definitivamente a una dinámica totalmente externa que buscará construirlo en el largo plazo como una dictadura al modo de Singapur, transformando a sus Fuerzas Armadas en tan sólo una policía interna y al país en una factoría al modo de Ciudad Juárez.
AB: Participaste activamente en los Cordones Industriales, has escrito sobre ellos, fuiste uno de sus más entusiastas impulsores. ¿Cuál era el camino histórico, político, económico que les dio origen, y cómo entiendes su destino? RK: Esa forma de articulación socio-política surgió en un momento de la historia de este país, el gobierno de Allende y la Unidad Popular, cruzado por fuertes y claras contradicciones que podemos resumir en tres aspectos problemáticos. En primer lugar ese gobierno popular, y no sólo “de izquierdas marxistas”, concreta un acercamiento entre amplios sectores populares de la población, hecho posible por el agotamiento de la modalidad de crecimiento y acumulación del capital que había vivido Chile desde la crisis del 29. La economía chilena se caracterizaba, gracias al triunfo en ese período del Frente Popular, por un notable crecimiento de la industria y de la vida urbana, apoyada en un mercado interno; pero desde los 60 estaba agotado el proyecto de crecimiento por sustitución de importaciones y el modelo de la CEPAL. Tal como describo en mi libro “Los viejos del Cordón” [sobre los Cordones Industriales], el país estaba en una encrucijada de la cual no lograba salir, y en un contexto internacional que no le era favorable.
En segundo lugar, esa articulación de fuerzas sociales, de contenido anticapitalista, se enfrentaba a una oposición apoyada desde los centros imperiales en Estados Unidos y Europa, con clara conciencia de clase y con fuertes vínculos con la alta oficialidad, dispuesta a ahogar en sangre lo que consideraban una amenaza a su propiedad y hegemonía social, y a la insolencia de imaginar un futuro distinto al derivado de sus orientaciones crematísticas.
En tercer lugar, la alianza política dirigida por la izquierda desarrollaba una estrategia que se apoyaba tanto en el movimiento de masas como en la estructura institucional de un Estado, gobierno, ministerios, congresos, aparato judicial, etc., construidos para otros fines, y controlados en sus articulaciones claves por personas del Ancien régime. Ser democrático en esas circunstancias sólo era un privilegio de los pobres, de la gran mayoría que estaba dispersa en poblaciones, fábricas y pequeñas aldeas, pero no del mundo empresarial, financiero y de grandes y medianos propietarios, cuyo fascismo arrastraba tras de sí a muchas personas de capas medias e incluso populares. Así como para esas personas hoy Hugo Chávez, en Venezuela, es un dictador a pesar de haber convocado y ganado más de diez eventos electorales, abiertos y con amplio espacio para el ejercicio de la oposición más brutal y con apoyo externo, para ese mismo sector social, en Chile, Allende y su régimen debían ser arrasados por cualquier medio para que el país fuese lo que es hoy, una clara nación y sociedad capitalista.
Todos conocemos el desenlace de ese nudo de problemas y contradicciones, y cómo muchos cambios que no pudieron ser reversados sirvieron en el nuevo contexto dictatorial para establecer y afianzar el modelo neoliberal que desde el centro del sistema se recomendó como panacea para el crecimiento del capital y la economía. Chile fue el conejillo de Indias de la nueva fase de predominio global de políticas financieras y de la hegemonía de ese sector, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero. La economía creció sobre la concentración del capital social que previamente existía, la sobreexplotación de tiempos de la dictadura y la modernización de un ciclo del capital que se lucraba externamente en países vecinos, producía ya no para el mercado nacional sino para exportar, y que groseramente abandonaba las ilusiones de autonomía nacional y desarrollo con equidad, que habían sido la base del contrato social establecido desde el presidente Aguirre Cerda y el Frente Popular de preguerra.
AB: ¿Se podría pensar en una experiencia similar a la de los Cordones Industriales en la actualidad latinoamericana, o cierta continuidad entre anteriores formas del ejercicio político popular y los nuevos caminos de participación de los que ahora hablas? O por el contrario, tendremos que aceptar que la situación actual expresa una experiencia histórica singular, que tendrá que generar sus propias estructuras políticas, cuya pertinencia les impida ser manipuladas en pro de la supervivencia de las estructuras anteriores?
RK: Así como los partidos políticos y la delegación del poder en las autoridades durante la Revolución Francesa se constituyeron en el elemento básico de la negociación e instauración del nuevo régimen, en todos los procesos en los cuales el mundo del trabajo ha participado ha habido una exigencia de democracia directa y participativa, así como estructuras asamblearias, comunicadas entre sí, constituyendo esa red su mecanismo natural de expresión política. En Chile, durante la Unidad Popular, los Cordones Industriales constituyeron la estructura nuclear en torno a la cual se articuló, con todas sus debilidades y potencialidades, la participación del mundo del trabajo y de otros sectores populares, a los cuales en conjunto se denominó Poder Popular. Los cordones expresaron la voluntad social de los trabajadores industriales para intervenir directa, inmediata y permanentemente en las decisiones políticas así como económicas. En ellos se agrupaban obreros, empleados y técnicos de las empresas manufactureras, a través de asambleas y sus coordinaciones. Sus iniciativas arrastraban a otros organismos de Poder Popular, como eran los consejos de pobladores, que reconocían su fuerza de movilización y de organización. No fueron una creación de los partidos políticos, sino una genuina creación popular y social de la base industrial ante una ofensiva patronal, que buscaba desarticular la economía, para producir un caos político que arrastrara tras de sí a las capas medias y fuerzas armadas en contra del gobierno de Salvador Allende.
No se pensaban a sí mismos como una instancia permanente del mundo laboral y sindical frente al capital, sino del mundo del trabajo frente al Estado y la propiedad de los grandes capitales, aunque pugnaban también por un espacio de institucionalización. Es probable que de haberse avanzado en el proceso hubieran cumplido un rol decisivo en cualquier tipo de nueva sociedad y estado.
La profundización de la democracia no es un elemento secundario para un proyecto de izquierda. En América Latina puede consolidarse una real perspectiva socialista si el aumento de la presencia del Estado en la economía, para salir de la crisis, marcha paralela a un aumento de los niveles de información, decisión y participación en la decisión por parte de una población heterogénea, que puede nuclearse en torno al trabajo [no sólo como clase obrera] y al mejoramiento de las condiciones de vida de todos.
¿Resurgirán los cordones industriales en esta nueva situación latinoamericana? Eso dependerá si esa forma de articulación es necesaria y exigida por las circunstancias concretas. La historia no se construye como destino, sino como responsabilidad y esperanza.
AB: Has venido trabajando y teorizando sobre la crisis financiera internacional. ¿Cómo la entiendes y qué posibilidades se abren o se cierran con ella para los procesos sociales latinoamericanos?
RK: Hoy, una cierta capa intelectual de izquierda se conforma con decir que la crisis tiene carácter secular, o que es necesaria una respuesta keynesiana. Ello no me parece suficiente. El sistema se juega también por la alternativa dura de la “respuesta urgente y de corto plazo”, así como por la salida de dejar que la crisis sobrevenga como desplome rampante y en escalones sucesivos. En ese contexto una intelectualidad de izquierda debería preguntarse tanto sobre el verdadero carácter de la crisis como de lo que puede traer consigo. La crisis es un momento transicional, el momento en que la culebra cambia de piel, arrojando a un lado restos de su propia historia para profundizar su carácter alienado y alienante. Su decurso natural es la destrucción de fuerzas productivas para el inicio de una nueva carrera hacia un nuevo cenit y nadir, pero la historia muestra que hoy el proceso de acumulación de capital ha llegado a niveles que afectan elementos de la base misma del régimen de producción y reproducción del capital, tal como lo hemos conocido hasta el presente, amenazando la propia supervivencia de la civilización, la cultura y la vida. Yo he centrado actualmente mis esfuerzos por ordenar ideas sobre el carácter de la actual crisis económica global, para pergeñar el escenario en que se desplegarán los procesos y fuerzas que se están creando y consolidando. Trabajo actualmente en un libro que tiene por título “La crisis perfecta”, desde luego no porque me solace de la crisis en sí, sino por su cualidad, porque a mi modo de ver esta crisis es la primera de un capitalismo llegado a su madurez y por ende obligado a saltar sobre su sombra, si lo dejamos.
* Rafael Kries S, es Doctor en Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Kassel [Alemania]. Profesor Universitario y Editor de revistas especializadas.
Fuente: Entrevista publicada en Rebelión
Foto: Rafael Kries
24/09/09
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